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El hombre estaba sentado en su silla de ruedas al amor de unas faldas que caían desde la mesa camilla del cuarto donde se supone que debía estar viendo la televisión; sobre esa mesa y en grupos heterogéneos y dispersos se podía ver algunos libros, fotografías esparcidas de lo que fueron grupos metidos en sobres, con sus bandas de negativos muy próximas al lado de la mesa donde el hombre, que remedio, permanecía sentado; un reloj de bolsillo de la marca Roskoff, con tapa, que perteneció al padre y al abuelo del inválido y tres bidones pequeños de gasolina para rellenar mecheros , ya vacios. Por encima de las faldas camilleras que cubrían las piernas del hombre una almohada grande y bastante usada dejaba la impresión visual de un trapecista caído sobre la red.
Como corresponde a su recto proceder “el juez” salió de su casa para ir a la parroquia a misa de una, nada o mejor dicho casi nada, variaba en su indumentaria excepto que el traje que se ponía el domingo o festivo era el más nuevo entre todos los grises que tenía, y que se dejaba caer unas gotitas de paco rabanne sobre el cuello de la camisa antes de salir por la puerta, pasaba por el quiosco y compraba la prensa para leerla por la tarde y se dirigía al Templo para cumplir sus obligaciones de buen cristiano que completaba confesando una vez al año y comulgando por Pascua florida.
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La vecina del tercero izquierda era una mujer muy independiente (al menos eso decía ella) trabajadora, casada y no se separada, muy, pero que muy de izquierdas y se negó a aceptar el piso de la parte contraria cuando compraron el que ahora tienen por eso, por ser el derecha; y tenía una niña de unos ocho o nueve años que no es porque sea mi hija, pero hay que ver lo listísima que es.
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Entró en la cafetería como todas las mañanas buscando instintivamente si estaba libre la mesa que le gustaba, cogiendo el Marca de la casa para ilustrarse con la noticias políticas del día y haciendo una señal al camarero para indicarle que sí, que desayunaría café con leche con porras y un poco de agua fresca para matar el gusanillo.
La mañana era fresquita, incluso demasiado fresca para ser una mañana del mes de abril, pero el paseo por las calles aún desiertas era agradable si uno se sentía protegido de ese relente que refrescaba el amanecer ciudadano.





