La siesta.
La habitación en penumbra; el siseo del aparato de aire acondicionado; el murmullo seminteligible de la televisión situada frente a mí; la postura adecuada en mi sofá; la constancia clara de que hacía un rato que la comida había terminado por el regusto de café en mi boca, y la segura sensación de que en el exterior de la casa la temperatura debía ser cercana a los treinta y ocho grados eran los elementos cotidianos, desde que comencé las vacaciones, que anunciaban el preludio de esa siesta que únicamente compartía con mi fiel “Chusco” tumbado a mis pies, cual plateresca y tallada figura del can en la tumba de su señor.
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