Archivado en: Urgencias | Etiquetas: camillas, caravana, coche, paritorio, policia local
Para Nynaeve, gracias por la idea.
El tráfico era el típico de un viernes por la tarde a la salida de una gran ciudad con playas atiborradas de apartamentos y construcciones verticales a menos de ochenta kilómetros, es decir, una fila continua de coches permanentemente parados que aleatoriamente y cada tres minutos avanzaban menos de una docena de metros…
Archivado en: Lluvia | Etiquetas: calles, coche, cristales, melancolía, paraguas, semáforos
Hoy llueve, es un buen día para escribir…
Muy sencillo, vayamos reuniendo todos los topicazos que siempre se encuentran en las narraciones de los días de lluvia y comencemos ¡como no! con la melancolía, ese sentimiento del siglo XIX que hoy ha terminado conociéndose como depresión, y es que los días de lluvia siempre son melancólicos para lo narradores sin recursos y ya, en el sumum está la mirada perdida hacia la calle (que apenas se vislumbra) de esa mujer que espera que el agua le traiga un antiguo (o quizás nuevo) amor..
Archivado en: Soledades ciudadanas | Etiquetas: cafetería, calle Génoca, desayuno, Madrid
Entró en la cafetería como todas las mañanas buscando instintivamente si estaba libre la mesa que le gustaba, cogiendo el Marca de la casa para ilustrarse con la noticias políticas del día y haciendo una señal al camarero para indicarle que sí, que desayunaría café con leche con porras y un poco de agua fresca para matar el gusanillo.
La mañana era fresquita, incluso demasiado fresca para ser una mañana del mes de abril, pero el paseo por las calles aún desiertas era agradable si uno se sentía protegido de ese relente que refrescaba el amanecer ciudadano.
Archivado en: Viajes | Etiquetas: Aeropuerto, humo, megafonía, puente, seguritas
Tenía que ser así. Exactamente el día que yo debía tomar un avión para realizar un reportaje en una isla perdida, fatalmente coincidió con uno de esos magníficos “puentes” en los que todos se marchan a todos los sitios posibles.
La habitación en penumbra; el siseo del aparato de aire acondicionado; el murmullo seminteligible de la televisión situada frente a mí; la postura adecuada en mi sofá; la constancia clara de que hacía un rato que la comida había terminado por el regusto de café en mi boca, y la segura sensación de que en el exterior de la casa la temperatura debía ser cercana a los treinta y ocho grados eran los elementos cotidianos, desde que comencé las vacaciones, que anunciaban el preludio de esa siesta que únicamente compartía con mi fiel “Chusco” tumbado a mis pies, cual plateresca y tallada figura del can en la tumba de su señor.





