El hombre estaba sentado trabajando, frente a el la pantalla del ordenador era una amalgama de fotos, letras, cuadros, vídeos incrustados, sobre un fondo negro. Intentaba concentrase en su trabajo: una crítica a un artículo editorial de un periódico local que clamaba contra el Gobierno: todos los gobiernos, nacional, autonómico, municipal (y ahí paraba porque el editorialista era el dueño del periódico que publicaba la editorial).
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El hombre estaba sentado en su silla de ruedas al amor de unas faldas que caían desde la mesa camilla del cuarto donde se supone que debía estar viendo la televisión; sobre esa mesa y en grupos heterogéneos y dispersos se podía ver algunos libros, fotografías esparcidas de lo que fueron grupos metidos en sobres, con sus bandas de negativos muy próximas al lado de la mesa donde el hombre, que remedio, permanecía sentado; un reloj de bolsillo de la marca Roskoff, con tapa, que perteneció al padre y al abuelo del inválido y tres bidones pequeños de gasolina para rellenar mecheros , ya vacios. Por encima de las faldas camilleras que cubrían las piernas del hombre una almohada grande y bastante usada dejaba la impresión visual de un trapecista caído sobre la red.
Levantó ligeramente la esquina superior izquierda de las cartas que quedaban bajo su mano diestra de tal forma que tanto él, como la cámara que quedaba en el borde de la mesa dejaran enfocadas las letras o números que en ella aparecerían, después, deslizo una carta sobre otra con un ligero movimiento.. y vio la jugada al mismo tiempo que los televidentes.. dos sietes negros y todo ello sin dejar de observar a los otros dos jugadores que quedaban en mesa, el irlandés un tipo con suerte, y el italiano alguien que siempre jugaba sobre seguro.
Como corresponde a su recto proceder “el juez” salió de su casa para ir a la parroquia a misa de una, nada o mejor dicho casi nada, variaba en su indumentaria excepto que el traje que se ponía el domingo o festivo era el más nuevo entre todos los grises que tenía, y que se dejaba caer unas gotitas de paco rabanne sobre el cuello de la camisa antes de salir por la puerta, pasaba por el quiosco y compraba la prensa para leerla por la tarde y se dirigía al Templo para cumplir sus obligaciones de buen cristiano que completaba confesando una vez al año y comulgando por Pascua florida.
El análisis de valores es una de esas disciplinas que se practica en las grandes multinacionales y que teóricamente consiste en buscar en un producto todo aquello que tiene una función nula o sustituible por otro componente ya existente en el producto de tal forma que al eliminar ese componente se rebajan los costos de producción y se aumenta el beneficio por unidad producida.
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Aquella mañana estaba cabreado, había dicho a su novia que en el fin de semana no se verían porque se iba con la Escuela a jugar el partido de rugby contra la Samboyana, y a los de la Escuela que se casaba una prima hermana de su novia en Miranda de Ebro y que no pdría ir a jugar el partido.
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El “juez” que es como le conoce el vecindario, es todo un personaje; cuando llegó pasó casa por casa presentándose a todos los vecinos y repartiendo su tarjeta de visita: Don Estanislao Fernández de Heredia y Rodríguez de Villaviciosa, Ingeniero de Montes, Caballero de la Orden de Calatrava; Funcionario del Estado. Ahí queda eso, toda una declaración de principios.
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La vecina del tercero izquierda era una mujer muy independiente (al menos eso decía ella) trabajadora, casada y no se separada, muy, pero que muy de izquierdas y se negó a aceptar el piso de la parte contraria cuando compraron el que ahora tienen por eso, por ser el derecha; y tenía una niña de unos ocho o nueve años que no es porque sea mi hija, pero hay que ver lo listísima que es.
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Para Nynaeve, gracias por la idea.
El tráfico era el típico de un viernes por la tarde a la salida de una gran ciudad con playas atiborradas de apartamentos y construcciones verticales a menos de ochenta kilómetros, es decir, una fila continua de coches permanentemente parados que aleatoriamente y cada tres minutos avanzaban menos de una docena de metros…
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Hoy llueve, es un buen día para escribir…
Muy sencillo, vayamos reuniendo todos los topicazos que siempre se encuentran en las narraciones de los días de lluvia y comencemos ¡como no! con la melancolía, ese sentimiento del siglo XIX que hoy ha terminado conociéndose como depresión, y es que los días de lluvia siempre son melancólicos para lo narradores sin recursos y ya, en el sumum está la mirada perdida hacia la calle (que apenas se vislumbra) de esa mujer que espera que el agua le traiga un antiguo (o quizás nuevo) amor..
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Entró en la cafetería como todas las mañanas buscando instintivamente si estaba libre la mesa que le gustaba, cogiendo el Marca de la casa para ilustrarse con la noticias políticas del día y haciendo una señal al camarero para indicarle que sí, que desayunaría café con leche con porras y un poco de agua fresca para matar el gusanillo.
La mañana era fresquita, incluso demasiado fresca para ser una mañana del mes de abril, pero el paseo por las calles aún desiertas era agradable si uno se sentía protegido de ese relente que refrescaba el amanecer ciudadano.
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Tenía que ser así. Exactamente el día que yo debía tomar un avión para realizar un reportaje en una isla perdida, fatalmente coincidió con uno de esos magníficos “puentes” en los que todos se marchan a todos los sitios posibles.
La habitación en penumbra; el siseo del aparato de aire acondicionado; el murmullo seminteligible de la televisión situada frente a mí; la postura adecuada en mi sofá; la constancia clara de que hacía un rato que la comida había terminado por el regusto de café en mi boca, y la segura sensación de que en el exterior de la casa la temperatura debía ser cercana a los treinta y ocho grados eran los elementos cotidianos, desde que comencé las vacaciones, que anunciaban el preludio de esa siesta que únicamente compartía con mi fiel “Chusco” tumbado a mis pies, cual plateresca y tallada figura del can en la tumba de su señor.





